Por: Camilo Segura
El periodismo colombiano atraviesa un momento crítico. Y lo preocupante, más allá del hostigamiento a la independencia, es la poca dignidad —y la inicua racionalidad— que le queda a las empresas y a los comunicadores. Especialmente a los responsables de los noticieros de televisión.
Comenzando el mes de febrero el periodismo afrontó el cierre de la revista Cambio. Muchos esperábamos mensajes de solidaridad y respaldo desde todos los medios. Incluso, desde aquellos que han defendido las tesis que, tácitamente, provocaron esta decisión “empresarial”. Pero no fue así. Parece que los noticieros de televisión, y las empresas que los producen, dispusieron que la dignidad del periodismo contra la censura y el control sobre la información solamente atañe a quienes lo padecen, no a un gremio.
Las relaciones entre colegas parecen ser nulas. La conciencia de grupo es inexistente. Ninguno de los noticieros de los canales privados produjo ningún comunicado, tampoco se hicieron especiales o programas de debate. La noticia fue visible por su levedad. Pocos datos, menos antecedentes. Muy por encimita, Caracol le encargó la crítica a Tola y Maruja (arrinconadas en la franja de la media noche). Pero nada serio. Pareciera que el periodismo televisivo no entendió que el cierre de Cambio es una amenaza directa al ejercicio de la profesión en Colombia.
Sin embargo, en otros contextos, sí lo entienden. Tan sólo unos días antes, a fines de enero, cuando el Ejecutivo venezolano decidió sacar de la señal de cable a RCTV, el cubrimiento fue responsable y la solidaridad no se hizo esperar. Los medios se animaron a producir programas de debate preguntándose si esos eran síntomas de dictadura; además, cubrieron las protestas y pronunciamientos de los trabajadores de esa empresa periodística. Visibilizaron la amenaza que se cernía sobre los periodistas venezolanos, ¿Por qué no lo hicieron así con Cambio? Insoportable diferencia de criterios. Extrañas prioridades.
Pero, a esa poca dignidad, se suma el cuestionable profesionalismo. Por ejemplo, el pasado 19 de febrero, Caracol y Citytv decidieron que para la opinión pública colombiana era de vital importancia “la rueda de prensa” del golfista Tiger Woods, y la transmitieron en directo. Como si aquí no pasara algo que mereciera más atención. Valdría la pena preguntarse por qué, para los medios nacionales, un ajuste de cuentas de la moralidad luterana y del mundillo del espectáculo estadounidense es noticia. Una más de las trastornadas prioridades de las empresas periodísticas nacionales.
En la televisión colombiana, lo que definitivamente dejó de ser una prioridad fue hacer periodismo. El negocio del espectáculo y las agendas políticas están acabando, poco a poco, con la vida del periodismo digno, independiente, y sobre todo, verosímil.
domingo, 28 de febrero de 2010
Dignidad televisiva
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