miércoles, 3 de febrero de 2010

Divinidades


Por: Jaime Enrique Castro

Colombia se caracteriza por tener una fuerte tradición religiosa. Incluso, las manifestaciones de este tipo alcanzan a impregnar espacios de una naturaleza totalmente diferente. Por ejemplo, la política, con máximas como la de Uribe cuando dice que su reelección está en manos de Dios, de la Corte Constitucional y del pueblo.

La superstición religiosa es un lugar común en nuestras frases tradicionales y cotidianas: “Si Dios quiere”, “Dios lo bendiga”. Pero resulta incomprensible que en nuestro país, desgracias comunes y crímenes de todos los talantes, continúen siendo justificados con frases como “si así lo quiso el Señor” o “esa era la voluntad de Dios”. No se trata de debatir acerca de las creencias, cada cual tiene las suyas, sino que se debe ser sensato a la hora de encontrar la verdad sobre las causas de los hechos, que nos afectan a todos. De esta forma, desde las horribles masacres perpetradas en pueblos de Colombia, hasta los frecuentes casos de corrupción y de intromisión de grupos armados en todas las instancias gubernamentales, son hechos que no pueden ser comprendidos y aceptados como el resultado de un designio divino.

La verdad que transmiten los medios televisivos masivos se parece con mayor frecuencia a la verdad más radical de los discursos religiosos: no permiten oposición ni reflexión. Son inflexibles en sus palabras y en sus imágenes. La distancia entre los mensajes y el público no puede tener la intangibilidad que existe entre el adorador y el adorado.

Por eso, este espacio se encomienda a la imagen del Divino Niño, patrono de Colombia --no oficialmente, aunque pareciera-- desde la caída del Sagrado Corazón en el 91. Nos encomendamos, y rogamos, para que nuestra voluntad, nunca mejor dicho, sea crear lazos entre el emisor y el destinatario, vínculos que estén despojados de divinidades, que forjen una relación de interacción y de retroalimentación entre las dos partes. En definitiva, para dejar de tener una percepción inmaculada e ingenua sobre aquello que se relata en la pantalla. Se trata, de ver con El ojo en el medio.

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