Por: Camilo Segura
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http://www.youtube.com/watch?v=w3D1PXdQO_E
El caso de Nicolás Castro no solo da de qué hablar por las numerosas irregularidades que se han dado en su curso, también, por la ligerezas en las que incurre el periodismo cuando ocurren estos episodios “preeminentes” de “terrorismo”. Extraña ver a periodistas protagonizar escenas de propaganda institucional desde una patrulla, o asegurar que es “un error” amenazar al hijo del presidente y no a cualquier otro colombiano, incluso decir que esa es una conducta normal en las redes sociales de internet. Pero lo más preocupante es el liviano discernimiento que se evidencia en el uso del lenguaje de guerra cuando las fuentes así lo desean, un cliché del que muy pocos periodistas se salvan.
Decirle a alguien terrorista no es un insulto menor. Dentro del ideario político actual, sobretodo el de las derechas, el terrorista es un ser irracional que atenta contra la vida porque su único objetivo es hacer el “mal”, obviamente, desde una visión en blanco y negro de la realidad. Una sociedad de “bien” no se puede permitir hablar con el “mal”, porque éste la quiere destruir. Se cosifica al enemigo, con réditos políticos, pues se mantiene el rumbo de quienes lideran las cruzadas del “bien”. Entonces, el terrorismo, como sujeto, es un término evidentemente maniqueo que niega al otro como igual, o por lo menos, su existencia racional.
¿Fue prudente llamar así a Nicolás Castro, si aún no había una sentencia que lo calificara como tal? No, una parte interesada pretendía que así fuera, pero los hechos demostraron lo contrario. Asegurarlo, implica que él no es un ser apto para vivir en sociedad, y eso no es así, según se ha comprobado ¿Quién le va a responder a él por su nombre? Nadie lo va a hacer, porque acá lo que tenga que ver con la familia presidencial parece ser un asunto de Seguridad Nacional, y la dignidad de un individuo, una nimiedad. El cubrimiento está marcado por la sumisión de una nación pseudo-monárquica.
¿Por qué no se califica de la misma manera a quienes desde sus puestos oficiales, o incluso, desde las redes sociales, han puesto en riesgo la vida de personajes como Rafael Pardo, Hollman Morris, Piedad Córdoba, Daniel Coronell, por nombrar algunos? Porque las amenazas contra los que se quieren hacer ver como terroristas son expresiones del “sentir” nacional, no instigaciones al terrorismo. Una evidencia más de la carga política del término.
Por estos días, los medios reportan las muchas inconsistencias del material probatorio contra Nicolás Castro. Es más, con algún tonito justiciero, se dice que el detenido “por fin” está en su casa. Pero nunca se cuestionó su condición de terrorista, pues en su momento, esa fue la mejor manera de mantener latente una amenaza inefable que se cierne sobre los colombianos, los de “bien”, como los hijos de Uribe. Lástima que el maniqueísmo del discurso antiterrorista se lo haya comido todo. Incluso las mentes de los periodistas.
martes, 20 de abril de 2010
Terrorismo virtual y fabricado
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