miércoles, 13 de octubre de 2010

Regresando a la superficialidad

Realmente es impresionante lo sucedido con los mineros en Chile. Todo en su historia encaja perfectamente con una historia de ficción, si no de ciencia ficción. El haber sobrevivido todos juntos, el hecho de que los hayan encontrado a más de 600 metros de profundidad y que se haya creado la forma de regresarlos a la superficie. Todo es conmovedor.

Sin embargo, la primera vez que comenté mi impresión acerca de este hecho a un amigo, le pregunté si es que acaso yo era un ser despreciable e inhumano. Ni siquiera me respondió con rotundidad que no. Pero bueno, aun así lo voy a compartir.

En el momento que escribo esto aún no han sido rescatados todos y cada uno de los mineros y me atrevo a decir que estoy cansado de la historia. Me pregunto por qué se tiene que hacer del drama de 33 familias un espectáculo mediático de tal magnitud, pero sobre todo, me resulta incomprensible la forma en que está siendo narrado y contado.

Lo que debería ser una historia de dolor humano, se convierte en un foco de entretenimiento y diversión. ¿Cuántos van?, ¿ese es el de la amante?, ¿y ese otro abrazó al presidente?, son solo algunas de las preguntas que se cruza la gente en la calle. Como si se tratara más de una telenovela o incluso de un evento deportivo. ¿Es acaso necesario esa exaltación de muestras nacionalistas chilenas?, ¿y el aprovechamiento político es también necesario?

Dicen que hay casi 5 periodistas por cada familiar de los atrapados de la mina de San José.

Y por supuesto que es una historia de interés general, eso no está en duda. Lo inverosímil de los acontecimientos y el desarrollo de los mismos así lo demuestran. Pienso en ello cuando me alejo de los medios, de la televisión particularmente. Pienso en la forma en que sobrevivieron y lo que debió ser la convivencia en esos días de encierro y oscuridad. Pienso en el reencuentro cuando la muerte era prácticamente un hecho. Claro que pienso en ello porque resulta imposible no hacerlo.

También pienso en la cantidad de accidentes de ese tipo que debe haber ocurrido en Chile en tantos años de historia minera. Y en otros países de Latinoamérica. Y del mundo. Pienso en la tragedia de Amagá y pienso en lo ignorante que me siento de no saber casi nada de ese tipo de dramas en el mundo. Pero no se por qué, me imagino que deben ocurrir muchos de ellos.

Pienso en la alegría de las familias de los rescatados en Chile y me imagino lo inimaginable. Emoción desbordada. Me alegro también, como todos, claro está.

Cuando regreso a los medios, regreso también a la sobredimensión, a los excesos y a lo que es peor, a los mecanismos que intentan decirle a la gente cómo interpretar el drama y la tragedia humana. También la alegría y el éxito.

Jaime Enrique Castro

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